Abdelkhim y Zohra son una pareja de marroquíes, de 50 y 42 años, que un buen día decidieron hacer las maletas desde su Marruecos natal rumbo al país de la esperanza, a la puerta de Europa, a España, con la ilusión de huir de la miseria junto a prole de cinco hijos -de tan sólo 17, 16, 9, 7 y 5 años-. En la mente del cabeza de familia, Abdelkhim, estaba la aterradora idea de que sus hijos mayores «quisieran imitar a los chicos de su edad que caen en las redes de las mafias y acaban en una patera cruzando el estrecho y jugándose la vida cada minuto que pasan allí».
El operario de la construcción, que en su país trabajaba paradójicamente para una empresa española junto a su mujer, le dio una y mil vueltas y al final decidió aprovechar un visado familiar que le permite permanecer legalmente en España por un año. 365 días, tiempo más que suficiente para «encontrar un trabajo digno y poder establecerme con mi mujer y mis hijos», recuerda el obrero.
Las cosas, por supuesto, no fueron tan fáciles y ahora, dos meses después, Abdelkhim y Zohra, que prefirieron no ser fotografiados, se ven obligados a sobrevivir de la caridad de la oenegé Desarrollo y Solidaridad (Desod) y de la generosidad de un primo, en cuyo piso viven -a buen seguro hacinados- el matrimonio con sus cinco hijos.
«Nunca habíamos tenido que recurrir a los servicios sociales y el primer mes íbamos tirando con nuestros ahorros», relata Zohra. La situación fue cambiando y la ausencia de trabajo les llevó a buscar salidas: «Conocía a una compatriota en el parque y me habló de Desod y, dada nuestra falta de recursos, decidimos venir hace un mes porque apenas teníamos para comer», recuerda, triste, la madre.
Su marido aclara que «a nadie le gusta vivir así y tener que acudir a una oenegé, pero la situación es la que es y no nos queda otro remedio». Abdelkhim explica que a estas alturas comienza a plantearse regresar a su país natal: «Nos estamos planteando volver a Marruecos porque allí, al menos, podíamos comer sin muchos apuros aunque la situación tampoco era demasiado buena». Sus hijos, y su futuro, le frenan y le animan a seguir luchando para buscar un trabajo con el que poder mantenerlos.
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Ninguno de los dos supera el nivel básico de castellano y sus palabras son traducidas por una trabajadora social: «Los dos vienen a clases y están aprendiendo el idioma porque es precisamente la principal barrera con la que se están encontrando a la hora de buscar trabajo», explica la técnica de Desod antes de aclarar que «antes de la crisis había muchas ofertas y la necesidad de mano de obra hacía que las empresas contrataran gente sin importarles el idioma». Las cosas han cambiado mucho desde entonces y el castellano es ahora «fundamental para aspirar a cualquier puesto tanto de la construcción como en el hogar».
La comida de Desod les ayuda, al menos, «a aguantar un poco y salir adelante». Su caso es uno más de entre los cientos de inmigrantes, y no inmigrantes, que se ven abocados a acudir a las oenegés para poder llevarse a la boca.